Rivera, martes 25 de junio de 2024

Las emociones y la cultura (2ª parte)

Junto a la psicología, la antropología constituyó el otro espacio principal para la renovación de los paradigmas explicativos sobre las emociones. Los estudios antropológicos desarrollados en la primera mitad de siglo habían dado los primeros pasos en la desestabilización de la idea de emociones panculturales, ensanchando así la visión de las posibilidades afectivas de los sujetos al mostrar las diferentes formas en que los sentimientos eran vividos y expresados a lo largo y ancho del planeta. No obstante, la premisa de que existía un elemento emocional común a todos los individuos se mantuvo como una concepción implícita en la mayoría de los trabajos de la disciplina hasta la década de 1980. cuando la adhesión generalizada de la antropología al construccionismo social permitió sostener la tesis de que los sentimientos se conforman y perfilan culturalmente sin que exista algo parecido a un repertorio básico o universalmente compartido. Para los defensores del construccionismo social, las emociones se generan y se organizan de modo diferente según cada cultura, en función del lenguaje, las prácticas, las expectativas y los valores que esta promueva.
Desde este enfoque, los estudios psicológicos cognitivos que habían tratado de demostrar el papel de lo contingente en la emergencia de emociones esenciales adolecían de un “reduccionismo biologicista” o “empirismo simplista”, en palabras de Rom Harré, que les impedía comprender la contingencia y la variedad de formas de sentir que se manifiestan desde las culturas minoritarias y locales hasta las mayoritarias. Un debate entre posturas cognitivistas y constructivistas que se complicó aún más con la popularización en estos años de las teorías del psicólogo Paul Ekman, que contradecían diametralmente las posturas del construccionismo social y defendía a partir de estudios de expresión facial en diferentes culturas la existencia de un conjunto de emociones básicas (recopiladas por Ekman en una lista que, paradójicamente, fue variando con el tiempo).
En cualquier caso, hacia final de siglo se fue dibujando un consenso tácito entre los investigadores en ciencias sociales y humanas acerca de la idea de que, si bien la naturaleza humana nos predispone hacia un cierto tipo de respuesta emocional, la cultura tiene un papel determinante como moldeadora de estas propensiones. La cuestión más controvertida radicaba en averiguar en qué consistía esa predisposición biológica de sentir de un modo u otro y de qué modo esta inclinación innata podía conciliarse con la fuerza moldeadora de la cultura. Una pregunta que allanó el camino a la incursión de la neurociencia, disciplina que desde hace aproximadamente dos décadas ha logrado situar sus explicaciones sobre el cerebro y el cuerpo en el centro de la discusión sobre las emociones.
Josheph LeDoux y Antonio R. Damasio han sido los dos nombres más citados por la historiografía cuando de buscar un apoyo en la neurociencia se trata. Los estudios sobre la función cerebral de LeDoux sostuvieron la existencia de dos vías cerebrales paralelas por medio de las que la información sensorial es transformada en emoción: una, la del córtex, que permite cierto cálculo y reflexión sobre lo que acontece (apartarse de un animal peligroso, por ejemplo), y otra, a través de la amígdala, todavía más veloz, que genera una respuesta corporal casi instantánea (pulso acelerado) y pre-racional ante el estímulo. Fruto de estas investigaciones, la amígdala se convirtió en el centro de los estudios antropológicos e historiográficos sobre los sentimientos considerados negativos, y en particular del miedo, la emoción sobre la cual había desarrollado LeDoux la mayoría de sus experimentos.
Su premisa de que las emociones son indispensables para dar una respuesta correcta a los estímulos que recibe nuestro cuerpo han estado igualmente presentes en las investigaciones del también neurocientífico Antonio R. Damasio. Dos ideas vertebran su propuesta, de gran calado en los estudios humanísticos: la fabricación de las emociones se produce en el córtex pre-frontal del cerebro, desde donde se generan continuas respuestas emocionales que nos ayudan a predecir el futuro, a planificar nuestras decisiones de forma ventajosa de acuerdo a las normas sociales ya relacionarnos con el mundo. Las investigaciones con pacientes que sufrían un daño en estas secciones del cerebro encargadas -para Damasio- de generar emociones, demuestran que aun conservando el resto de capacidades mentales intactas (habla, memoria, emoción, veía seriamente afectada su capacidad de supervivencia).
Por otro lado, lo que acontecía en estas zonas del cerebro iba más allá de ser una mera actividad mental e implicaba directamente al cuerpo en su completa fisiología. Las respuestas emocionales se producen gracias a la capacidad de nuestro cerebro para cartografiar lo que acontece nuestro cuerpo, que utilizamos como referencia de base para las explicaciones que nos damos del mundo: “nuestros pensamientos más refinados y nuestras mejores acciones, nuestras mayores alegrías y nuestras más profundas penas utilizan el cuerpo como vara de medir”, aseguraba Damasio.
Fuentes:
BUITRAGO, Daniel (2021). “La emoción y el sentimiento: más allá de una diferencia de contenido.” [Artículo en línea]. Digithum, Nº 26, pp. 1-12. Universitat Oberta de Catalunya y Universidad de Antioquia.
DAMASIO, Antonio (2020). “El extraño orden de las cosas – La vida, los sentimientos y la creación de las culturas.” Ed. Booket www.planetadelibros.com.uy/editorial/booket/131
EKMAN, P. (2008). “An argument for basic emotions”. Cognition & Emotion, vol. 6, pp. 169-200. DOI: doi. org/10.1080/02699939208411068

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